14 enero, 2013

Educación de adultos

Si tomáramos muchas de las conductas nocivas en los condominios y las trasladamos al contexto de nuestras casas, protagonizadas por nuestros hijos, sobrarían los juegos de video guardados y hasta las palmaditas recordativas en las posaderas.

Educar a los hijos es una labor compleja que tiene muchas variables: a veces lo que se necesita es motivarlos en su conducta correcta, darles incentivos, cambiar contextos para dificultarles desobedecer, crear controles automáticos de forma que haya consecuencias para ellos en su desobediencia, o bien vigilar más de cerca a los recurrentes desobedientes; y finalmente en otras no queda más que sacar la carta de la autoridad y con voz fuerte y firme trazar un límite invariable y en piedra.
Pero hay dos elementos invariables: hay que enseñarles los límites de forma constante, y no se puede uno nunca cansar. Jamás. Nunca.
Estos principios hay que adoptarlos en los condominios ya que muchas conductas negativas provienen de ventajas personales (tomo la rotonda a la inversa porque mi casa es la más cercana o corro porque me urge), de desconocimiento (al usar la casa club para un evento social sin saber que el Reglamento lo prohíbe) o incluso de simple y llana pereza mezclada con carencias de educación y modales, como sucede con los desechos de animales que quedan en los jardines. Ahí la labor de la administración debe ser similar a la de un buen padre (o madre) de familia.
Debe ser capaz de utilizar diversas estrategias buscando siempre la efectividad y buscando siempre que su labor permita educar a los residentes que lo ocupan pero en última instancia lo que debe de enseñar es dónde está el límite en piedra en el ejercicio de sus derechos. En algunos casos debe incentivar la buena conducta como sucede cuando se aprueban descuentos por pronto pago. En otros tratar de disuadir la conducta negativa como con la instalación de cámaras para darle publicidad a eventos públicos nocivos. En otras más deberá montar sistemas en los que las consecuencias recaigan sobre los que incumplen como la suspensión del servicio de apertura del portón (ojalá en invierno) a los morosos. Puede acudir a vigilar más de cerca a los más infractores concentrando ahí sus esfuerzos. Pero llega indudablemente un punto en que debe de trazar una línea e iniciar procedimientos legales para sancionar y multar a los infractores y seguir hasta las ÚLTIMAS consecuencias sin soltarlos.
Pero hay una falta de ejercicio de esa labor que es algo imperceptible pero es muy común y no sólo en condominios. No es el cansancio, es la autocensura. Es la administración que evita iniciar los procedimientos de multa porque sabe que una Asamblea temerosa no la apoyará. Es el jefe medio que prefiere dejar pasar una conducta porque sabe que su llamada de atención será revocada de inmediato por el gerente. Es el servidor público que evita sancionar con despido la incompetencia porque sabe que el despedido será reinstalado. Es la madre que evita llamar la atención a su hijo porque sabe que el padre la desautorizará.
Comportarse de esa forma evita conocer los verdaderos responsables de los problemas. Si una Asamblea actúa irresponsablemente y no sanciona una conducta, que sea ella la que asuma la responsabilidad histórica pero no que la Administración evite llevar el caso. Si un Tribunal reinstala a un incompetente que sea este órgano el responsable, pero que quede claro que fue despedido por incompetente. Si un padre desautoriza a la madre que sea él el que lo hizo pero ni la madre, ni el funcionario público ni la administración pueden rendirse.
Así lo dijo el 9 de junio de 1940 un líder al que admiro profundamente: lucharían (contra los Nazis) en las playas, en el mar, aire y tierra; lucharían en las calles, montañas, el campo y hasta en Francia. Pero nunca se rendirían. Jamás. Sólo así se educa, sean niños o adultos. Al final del día podremos decir: “Se salió con la suya, pero nunca con mi apoyo.”